El lado oscuro de la psicología

 

A lo largo de la historia, la psicología y la psiquiatría han sido moldeadas no solo por el deseo de comprender la mente humana, sino también por intereses financieros y de control social. Grandes familias como los Rothschild, Rockefeller, Warburg y Morgan han desempeñado un papel clave en la dirección de estas disciplinas, financiando investigaciones y modelos terapéuticos que han generado dependencia en lugar de verdadera sanación.

El psicoanálisis, lejos de ser una herramienta de liberación, surgió en el contexto de poderosos círculos de influencia. Sigmund Freud no trabajó en solitario; su trabajo fue respaldado y promovido por estructuras elitistas que buscaban reformular la manera en que la sociedad comprendía la mente humana. Los Rothschild y otros magnates financiaron sus investigaciones y las de su hija, Anna Freud, asegurándose de que el modelo de terapia propuesto por el psicoanálisis generara dependencia prolongada en los pacientes en lugar de brindar herramientas para su autonomía. El énfasis en la exploración interminable del inconsciente y la constante interpretación de la psique lleva a que muchos pacientes permanezcan en análisis por años o incluso décadas, sin recibir soluciones prácticas para su bienestar emocional. Esta estructura favorece un sistema terapéutico donde el individuo se vuelve dependiente del terapeuta y nunca alcanza una verdadera soberanía psicológica.

Con la llegada del siglo XX, la psiquiatría fue progresivamente orientada hacia un modelo biologicista, en el cual los trastornos mentales se consideraban causados por desequilibrios químicos en el cerebro. Esta narrativa fue ampliamente promovida por la Fundación Rockefeller, que invirtió millones en la creación de psicofármacos y en la formación de psiquiatras que aplicaran este enfoque. Las farmacéuticas, muchas de ellas vinculadas a la élite bancaria, expandieron la prescripción de antidepresivos, ansiolíticos y antipsicóticos, generando así una población cada vez más medicalizada y menos capaz de gestionar su bienestar sin recurrir a sustancias químicas. La psiquiatría, en lugar de buscar las raíces del sufrimiento humano, se convirtió en una industria que etiqueta y medica en lugar de sanar.

El Proyecto MKUltra es uno de los ejemplos más contundentes de cómo la psicología ha sido utilizada con fines de manipulación. Este programa, supuestamente secreto, se desarrolló en el conetexto de la Guerra Fría durante la década de los cincuenta y fue financiado por la CIA y respaldado por las grandes familias bancarias. Llevó la psicología a un nivel aún más siniestro. Bajo el pretexto de investigar técnicas de control mental, se realizaron experimentos con LSD y otras sustancias psicotrópicas para la reprogramación mental. Desarrollaron técnicas de sugestión y control mediante hipnosis y aplicaron electroshock y privación sensorial para alterar la percepción y la memoria, además de llevar a cabo tortura psicológica para manipular el comportamiento humano. Psiquiatras como Ewen Cameron, con apoyo del gobierno estadounidense y del Instituto Tavistock, llevaron a cabo tratamientos de "desprogramación" que incluían electroshocks y privación sensorial. Las mismas técnicas desarrolladas en MKUltra fueron posteriormente integradas en métodos de interrogatorio, publicidad y programas de modificación de conducta a gran escala que perduran en la actualidad. Aunque el proyecto fue oficialmente desmantelado en los años 70, muchas de sus metodologías se han mantenido vigentes en diversas formas, incluyendo el uso de técnicas psicológicas en campañas de propaganda, redes sociales y la manipulación de masas a través del entretenimiento y la cultura popular.

Hoy en día, las premisas implantadas por la psiquiatría biologicista y el psicoanálisis siguen vigentes. La creencia de que "todos necesitamos terapia" se ha convertido en un dogma, fomentando la dependencia en terapeutas y medicamentos en lugar de soluciones naturales o espirituales para el bienestar mental. Incluso algunas corrientes de desarrollo personal han sido absorbidas por las élites como el mindfulness corporativo, promovido por empresas como Google y financiado por los Walton (Walmart), que convierte una práctica ancestral de conciencia en una herramienta para aumentar la productividad sin cuestionar el sistema. También la terapia cognitivo-conductual, la inteligencia emocional y el coaching, que, en lugar de fomentar una transformación profunda, refuerzan la idea de que los problemas individuales deben resolverse dentro del mismo marco de valores que los creó. 

Los psicólogos independientes observamos con abominación cómo la psicología y la psiquiatría continúan promoviendo tratamientos basados en fármacos y enfoques terapéuticos que no brindan herramientas reales a los seres humanos. Se estima que un porcentaje significativo de personas que acuden a terapia psicológica permanecen en tratamiento durante 8 a 10 años sin obtener resultados tangibles en términos de autonomía emocional o resolución de sus conflictos internos. Esto sugiere que muchos modelos terapéuticos modernos han sido diseñados para generar dependencia en lugar de fomentar la autosuficiencia y el crecimiento personal. En contraste, terapias alternativas como el Mindfulness Sensible al Trauma, EMDR, la Teoría Polivagal, la Terapia Somática y la Psicología Transpersonal han demostrado ser más efectivas en el tratamiento del trauma sin recurrir a la medicalización. Sin embargo, estas metodologías aún enfrentan resistencia dentro del sistema médico tradicional, influenciado por intereses farmacéuticos y económicos.

Organizaciones como el Instituto Tavistock han sido clave en la ingeniería social, aplicando principios psicoanalíticos en la propaganda y los medios de comunicación para modelar el comportamiento de las masas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) han monopolizado el discurso sobre salud mental, elaborando manuales de diagnóstico (como el DSM) que clasifican y etiquetan condiciones psicológicas sin ofrecer alternativas reales fuera del modelo farmacológico.

El verdadero propósito de la psicología debería ser el autoconocimiento y la liberación, no la dependencia. Para recuperar su esencia original, es necesario fomentar terapias que prioricen la autonomía y la autoexploración genuina, desenmascarar el papel de las grandes élites en la imposición de modelos terapéuticos que perpetúan la sumisión y promover enfoques basados en la conexión mente-cuerpo-espíritu, como la psicología transpersonal, la terapia somática y las prácticas de sanación integrativa. La psicología debe volver a ser una herramienta de empoderamiento, no un mecanismo de control. Solo así podremos construir una sociedad de individuos verdaderamente libres y soberanos sobre su propia mente.

Fue la Fundación Rockefeller que desempeñó un papel clave en la transformación de la educación médica y psiquiátrica en el siglo XX. A través del Informe Flexner de 1910, promovió la estandarización de la medicina en Estados Unidos, desplazando metodologías holísticas en favor de un modelo estrictamente biomédico. Esto estableció las bases para la hegemonía de la psiquiatría farmacológica, un enfoque que ha sido la norma en el tratamiento de los trastornos mentales desde entonces. Entre los primeros psicofármacos desarrollados en este contexto se encuentran la Clorpromazina (Thorazine): Introducida en la década de 1950 como el primer antipsicótico moderno o la  Imipramina, primer antidepresivo tricíclico, desarrollado en la misma década. Estos fármacos marcaron el inicio de una era en la que los tratamientos psiquiátricos se basaron predominantemente en sustancias químicas, sin abordar las raíces emocionales o traumas subyacentes.

La Fundación Rockefeller, junto con otras familias influyentes, financió instituciones académicas clave para consolidar este enfoque biomédico en la psiquiatría y la psicología. Algunas universidades destacadas que recibieron apoyo financiero fueron la Universidad de Chicago, transformada en un referente mundial con cerca de 80 millones de dólares en financiación, la Universidad Johns Hopkins, donde se estableció la primera Escuela de Higiene y Salud Pública. También la Universidad de Harvard, beneficiada con fondos para la creación de su Escuela de Salud Pública o la Universidad de Toronto, financiada en 1927 para expandir su programa de higiene y salud mental. Estas universidades promovieron un enfoque clínico y farmacológico de la salud mental, desplazando otras metodologías que priorizaban la sanación emocional y el autoconocimiento.

Las élites financieras han impulsado diversos enfoques terapéuticos que, en lugar de fomentar la verdadera sanación, han generado dependencia y alienación en los pacientes. Algunos de estos enfoques incluyen la medicina Alopática, impulsada por la Fundación Rockefeller, priorizó los tratamientos farmacológicos sobre enfoques holísticos. La psiquiatría Biologicista, solo centrada en teorías químicas del cerebro, y que justifica el uso de medicamentos como primera línea de tratamiento.

Además de los Rockefeller, otras familias influyentes desempeñaron un papel clave en la dirección de la educación médica, la psiquiatría y la industria farmacéutica. Ya hemos hablado de la familia Rothschild, relacionada con la financiación de instituciones psicoanalíticas y proyectos científicos. La Familia Warburg patrocinó iniciativas psiquiátricas y psicológicas, incluyendo la promoción del psicoanálisis. La familia Morgan financió la consolidación de la medicina basada en la farmacología. La Familia Carnegie colaboró con los Rockefeller en la reforma de la educación médica con el Informe Flexner. La familia Sackler fueron fundadores de Purdue Pharma, responsables de la crisis de los opioides con la promoción del OxyContin.

A lo largo de la historia, las élites financieras han jugado un papel crucial en la configuración de la medicina, la psicología y la psiquiatría modernas. A través de la financiación de universidades, hospitales y programas de investigación, han dirigido la evolución de estos campos hacia modelos que favorecen el uso de fármacos y enfoques prolongados de terapia psicológica, en detrimento de soluciones que promuevan la independencia y la verdadera sanación. Si bien la ciencia médica ha logrado avances innegables, es fundamental cuestionar las estructuras de poder que han moldeado nuestras concepciones sobre la salud mental y el bienestar emocional. Solo a través de una mirada crítica y un enfoque verdaderamente holístico podremos avanzar hacia un sistema que priorice la sanación genuina sobre la perpetuación de la dependencia.

Aintzane Castillo 



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