¿Psicología para sanar o para obedecer?


Detrás del telón de la ciencia

En la superficie, el Colegio Oficial de Psicólogos (COP) aparece como una institución técnica, objetiva, al servicio de la ética profesional y del bienestar social. Una especie de árbitro neutral que garantiza que la psicología no se desvíe de su camino. Pero bajo esa capa de formalidad, discursos académicos y papeles sellados, se esconde una maquinaria institucional mucho más compleja, más turbia y profundamente funcional a un sistema que necesita obediencia, no conciencia.

Este texto no pretende ser una acusación gratuita ni una pieza de conspiración. Es una crónica. Una narración hilada con hechos, silencios, omisiones y estructuras de poder que han convertido a una ciencia del alma en un instrumento de control. Porque cuando la psicología pierde su capacidad de cuestionar, de abrir grietas en la norma, de acompañar al ser humano hacia su soberanía, deja de ser una ciencia de la conciencia para convertirse en una herramienta de domesticación.

El control institucional y la alienación política

Los colegios profesionales en España no son entidades independientes. Son corporaciones de derecho público, subordinadas a los ministerios del Estado —en este caso, al de Sanidad y al de Universidades—, lo cual significa que, aunque se presenten como representantes de los psicólogos, están íntimamente conectados con las agendas políticas de turno. El COP actúa como filtro entre el poder institucional y el ejercicio profesional, funcionando muchas veces como un órgano de vigilancia más que de protección.

Esta relación simbiótica con el Estado implica que las grandes decisiones en torno a la psicología —desde qué enfoques se validan, hasta qué tipo de terapias se promueven o qué discursos se silencian— no dependen realmente de un debate plural entre profesionales, sino de alineamientos burocráticos, ideológicos y económicos.

Durante la pandemia, por ejemplo, el COP avaló sin cuestionamientos los discursos oficiales, ignorando las consecuencias psicosociales del confinamiento, la medicalización masiva del sufrimiento o el uso del miedo como herramienta de control colectivo. No hubo voz crítica. No hubo matices. Solo obediencia institucional.

La psicología crítica, los enfoques humanistas, transpersonales o integrativos, así como las propuestas que beben del trauma, la espiritualidad o la conexión cuerpo-mente, son vistos con desconfianza por el COP. Se les etiqueta como pseudociencias o se les descarta por no ajustarse a los protocolos de validación científica, como si todo lo que no puede ser medido con una escala de cinco ítems dejara de tener valor terapéutico.

Esta posición impone una epistemología única: el cientificismo cognitivo-conductual, que reduce el sufrimiento humano a errores de pensamiento o desregulaciones químicas, sin contemplar la historia del cuerpo, la huella emocional del trauma o la desconexión espiritual. Se margina todo aquello que no pueda ser domesticado por el lenguaje técnico.

Las cuotas obligatorias, los cursos certificados, las acreditaciones de formación, los convenios con aseguradoras y los fondos públicos convierten al COP en una estructura económicamente poderosa. Pero ese poder no se redistribuye para fortalecer el pensamiento libre o plural. Se usa como mecanismo de legitimación y exclusión.

El profesional que no se adapta al molde —que no sigue los enfoques "oficiales", que integra herramientas somáticas, energéticas o espirituales— queda fuera de los espacios de formación reconocida, de las bolsas de trabajo, de los circuitos públicos. El Colegio no solo no protege a estos profesionales: los invisibiliza.

Existen múltiples casos de psicólogos denunciados por malas praxis, abusos de poder o colaboraciones con la industria farmacéutica. Muchas de estas denuncias se archivan o se tratan de forma interna, sin transparencia ni procesos restaurativos.

Pero hay algo más grave: cuando un psicólogo cuestiona el sistema, denuncia la patologización del sufrimiento o señala el conflicto de interés entre salud mental y farmacéuticas, no se le protege, se le margina. El Colegio no defiende al que incomoda el statu quo, sino al que lo refuerza.

La reducción del trauma a una etiqueta clínica

El trauma, en manos del COP, se convierte en un diagnóstico. Un trastorno que se trata con técnicas estandarizadas, muchas veces sin comprender la dimensión profunda del dolor emocional, la fragmentación del cuerpo, la disociación o la necesidad de integrar la experiencia desde el vínculo y la presencia.

En lugar de permitir que la psicología abrace los saberes del cuerpo, la memoria celular o la sabiduría emocional, se mantiene en un modelo que etiqueta, evalúa y prescribe. Se ignoran autores como Gabor Maté, Peter Levine, Thomas Hübl o Van der Kolk. No porque no tengan evidencia, sino porque su enfoque rompe con el paradigma biomédico y reactiva el poder del paciente.

Se clasifica como TEPT, complejo, agudo o crónico, y a partir de ahí se aplica un protocolo. Pero el trauma no es una categoría fija. Es una vivencia íntima, multicausal, que se graba en los tejidos, en el sistema nervioso, en la psique y en la conciencia. El intento de medicalizarlo y reducirlo a etiquetas sirve, principalmente, a dos intereses: uno económico y otro ideológico.

El interés económico es claro: cada diagnóstico abre la puerta al uso de psicofármacos, terapias protocolizadas, seguros médicos y tratamientos repetitivos que generan dependencia. El interés ideológico es más sutil pero igual de poderoso: clasificar el trauma como una disfunción individual desactiva su dimensión social, histórica, espiritual.

Si reconocemos que el trauma también es político —porque nace en contextos de abuso estructural, pobreza, violencia institucional o desconexión colectiva—, entonces la psicología tendría que cuestionar al sistema que lo produce. Y eso es inaceptable para una institución que depende del mismo sistema que genera ese dolor.

Por eso, el COP no promueve una psicología que acompañe procesos de integración profunda, de reconexión con la sabiduría del cuerpo, de trabajo con la memoria emocional o de apertura espiritual. Lo que hace es sellar el trauma con etiquetas y técnicas, evitando que se convierta en conciencia.

Ceguera ante lo espiritual auténtico

La dimensión espiritual del ser humano es sistemáticamente excluida del discurso del COP. Todo lo que remite a lo sagrado, lo vibracional, lo energético o lo trascendental es marginado por no ser científicamente "medible". Sin embargo, esta negación no es neutral: impide al individuo reconectar con su centro, con su alma, con su sentido profundo.

Cuando la psicología se desconecta de lo espiritual, se vuelve técnica sin alma. Y sin alma, la sanación es superficial, temporal, disociada. La psicología que acompaña procesos de despertar no cabe en los márgenes estrechos del Colegio.

La exclusión de lo espiritual responde, por un lado, al paradigma positivista que domina la psicología oficial: si no se puede observar, cuantificar y reproducir en laboratorio, no existe. Pero también obedece a razones ideológicas más profundas. Una persona conectada con su espiritualidad —no desde lo religioso, sino desde lo esencial— es menos manipulable, menos dependiente de las estructuras externas, más difícil de someter.

Incluir lo espiritual significaría abrir la puerta a experiencias internas no normativas, a visiones personales del sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte. Significaría reconocer que el alma también duele, que el cuerpo también reza, que el silencio también cura. Y eso desmontaría buena parte del poder que ostenta el discurso clínico, porque pondría la autoridad dentro del individuo en vez de en el experto.

Además, aceptar la dimensión espiritual implicaría revisar el concepto de salud mental, no como ausencia de síntomas, sino como alineación profunda entre lo que uno es, siente, piensa y encarna. Implicaría aceptar que hay dolores que no vienen de lo biográfico, sino de lo ancestral, de lo colectivo, de lo existencial. Y eso no encaja en el modelo técnico que el COP intenta preservar.

Por eso, no es que lo espiritual no tenga evidencia: es que desestabiliza. No es que no sirva: es que libera. Y una psicología que libera no puede ser domesticada por instituciones que necesitan orden, control y predicción.

El psicólogo como agente del sistema

El sistema forma psicólogos para que el individuo funcione, no para que despierte. La mayoría de programas avalados por el COP entrenan a profesionales para reducir síntomas, mejorar el rendimiento laboral, favorecer la adaptación social. El sufrimiento no se ve como un síntoma del sistema enfermo, sino como un error del individuo.

Así, el psicólogo acaba siendo un gestor emocional del capitalismo tardío. El Colegio valida esta figura: la del profesional que calma, adapta, contiene... pero nunca incomoda, nunca cuestiona, nunca ayuda al otro a rebelarse.

Mientras la sociedad ve en el psicólogo una figura de ayuda, contención y guía, lo que muchas veces se oculta es el modo en que este profesional se ha convertido —en gran parte y sin plena conciencia— en un engranaje más del sistema de control institucional. No se trata de cuestionar la buena voluntad de quienes ejercen, sino de desvelar los condicionamientos estructurales que moldean su rol desde la formación hasta el ejercicio profesional.

Desde su paso por la universidad, el psicólogo es entrenado para asumir una visión del ser humano que excluye el alma, la espiritualidad profunda y la verdadera libertad interior. Se le forma en un marco de referencia empírico-cientificista que presenta como neutral, pero que en realidad es profundamente ideológico. Esta ideología —heredera del positivismo, del conductismo, y de una neurociencia funcionalista— sirve como filtro epistemológico que invalida todo lo que no pueda ser cuantificado, replicado o clasificado. Lo emocional queda etiquetado, lo espiritual patologizado y lo transpersonal ignorado.

El Colegio Oficial de Psicólogos actúa como garante de esta visión. Mediante sus códigos deontológicos, sus recomendaciones técnicas, y sus vínculos con instituciones públicas, sanitarias y judiciales, refuerza un modelo de psicólogo que, más que facilitar procesos de liberación interna, se convierte en un garante del orden establecido. Por ejemplo, en contextos judiciales, el psicólogo actúa como evaluador del “ajuste” del individuo al sistema; en el ámbito educativo, como regulador de la “conducta adecuada”; en el ámbito laboral, como gestor del “rendimiento emocional” del trabajador. ¿Dónde queda aquí la libertad interior, la capacidad de cuestionamiento, la posibilidad de una transformación real?

Además, se impulsa una forma de ejercicio clínico que privilegia la adaptación del individuo a contextos tóxicos —ya sea familiares, laborales o sociales— en lugar de fomentar un cuestionamiento de dichos contextos. Al sufrimiento humano se le pone nombre, se le diagnostica, se le prescribe. Pero rara vez se exploran las raíces estructurales de ese sufrimiento: desigualdad, explotación, alienación, vacío existencial, desconexión espiritual. El psicólogo, en vez de ser un acompañante del despertar de conciencia, termina siendo —sin quererlo— un técnico de la adaptación.

Esta función técnica del psicólogo no es casual. Responde a una lógica de poder. Un individuo que se cuestiona profundamente, que se conoce más allá de sus etiquetas clínicas, que busca sentido más allá del rendimiento, es un individuo menos manipulable. Por eso, el sistema necesita psicólogos que diagnostiquen, etiqueten, midan, gestionen, regulen. Psicólogos que no duden del sistema, sino que colaboren con él desde la legitimidad que la ciencia les otorga.

Y sin embargo, hay fisuras. Cada vez más profesionales comienzan a cuestionar estos marcos. Buscan integrar la dimensión espiritual, se acercan a perspectivas decoloniales, trauma-informed, transpersonales. Pero estas voces suelen ser marginadas, etiquetadas como “poco científicas” o “peligrosas”, cuando en realidad son las únicas que abren la puerta a una psicología verdaderamente liberadora. Una psicología al servicio del ser humano, no del sistema.

El reto está servido: ¿seguiremos formando psicólogos que sirvan al control o abriremos espacio a una psicología que sirva a la conciencia?

La obstrucción del pensamiento disidente

La psicología, como toda disciplina que opera dentro del entramado institucional, está atravesada por relaciones de poder. Pero lo que muchas veces no se advierte —ni siquiera por quienes la ejercen— es cómo el propio aparato colegial y académico obstruye sistemáticamente toda forma de pensamiento crítico y disidente. Esta obstrucción no siempre es explícita; muchas veces se manifiesta como exclusión silenciosa, invisibilización o etiquetado como “no científico”.

El Colegio Oficial de Psicólogos, lejos de ser un espacio abierto a la pluralidad epistémica, se ha convertido en un filtro ideológico. Solo aquellas corrientes que se ajustan al paradigma médico, cognitivista o neurocientífico son reconocidas como válidas. Las propuestas críticas, humanistas, transpersonales, comunitarias o espirituales quedan relegadas a los márgenes. Esto no ocurre por casualidad, sino porque estas corrientes cuestionan los fundamentos mismos del sistema: el modelo de salud, la noción de normalidad, la medicalización de la vida, y los vínculos entre psicología, poder y control social.

La obstrucción comienza en las universidades, donde los programas formativos están regulados por comisiones que responden a intereses políticos y económicos. Cualquier docente que intente introducir perspectivas críticas, enfoques alternativos o contenidos que inviten al cuestionamiento profundo del orden establecido se enfrenta a la censura directa o al aislamiento académico. Las publicaciones científicas, controladas por lógicas de indexación, financiamiento y reputación, actúan como guardianas de la ortodoxia. No es casual que las revistas más prestigiosas sean las más conservadoras. No es casual que las voces disruptivas deban exiliarse en blogs, redes sociales o publicaciones independientes.

El COP, en su rol de vigilante ideológico, no sólo promueve esta censura estructural, sino que persigue activamente a quienes se atreven a hablar desde otros lugares. Profesionales que incorporan visiones holísticas, que cuestionan la ética del diagnóstico, que hablan de espiritualidad, trauma estructural o colonialismo psicológico, son frecuentemente señalados, desacreditados o incluso sancionados. Las comisiones deontológicas, lejos de proteger la ética, operan como tribunales ideológicos que castigan la diferencia.

La obstrucción también se da en los espacios de formación continua, donde los cursos avalados por el COP reproducen una única visión del ser humano: la del individuo aislado, cuantificable, regulable. Así, el pensamiento disidente queda fuera, no sólo por razones científicas, sino porque representa un peligro: el peligro de que el psicólogo piense por sí mismo, de que se pregunte a quién está sirviendo realmente, de que se convierta en un agente de transformación en lugar de un técnico del sistema.

El control del discurso es el control de la conciencia. Si el psicólogo no puede cuestionar, el paciente tampoco podrá hacerlo. Si el profesional es disciplinado desde su formación, su ejercicio estará condicionado por el miedo, la autocensura y la obediencia. Y así, el sistema se perpetúa: no porque todos estén de acuerdo, sino porque el desacuerdo ha sido sofocado antes de nacer.

Frente a esto, se hace urgente recuperar el coraje de pensar. De cuestionar. De imaginar otros modos de hacer psicología. No como un acto de rebeldía estéril, sino como un ejercicio de responsabilidad ética y política. Porque cuando la psicología deja de ser pensamiento crítico, se convierte en instrumento de domesticación. Y cuando se atreve a dudar, a explorar, a desobedecer, se transforma en herramienta de liberación.

El silencio institucional ante los conflictos éticos

La ética, en teoría, es el faro que guía la práctica psicológica. Se promueve en discursos, se enuncia en códigos, se celebra en congresos. Pero cuando surgen verdaderos conflictos éticos, aquellos que interpelan estructuras de poder, desigualdades, abusos institucionales o prácticas encubiertas de violencia simbólica, el Colegio Oficial de Psicólogos responde con su arma más eficaz: el silencio.

No se trata de una omisión inocente. Es un silencio funcional, que protege intereses establecidos, evita incomodidades y preserva la imagen institucional. Cuando profesionales denuncian prácticas abusivas en contextos terapéuticos, evaluaciones forzadas en entornos judiciales o explotación emocional en el ámbito laboral, las comisiones deontológicas actúan con lentitud, evasión o directamente con encubrimiento. El aparato ético se convierte así en un escudo para los poderosos y una trampa para quienes cuestionan.

Este silencio es especialmente grave cuando el sistema en el que se inserta la psicología produce daño. Pensemos en informes periciales utilizados para quitar custodia a progenitores protectores, en diagnósticos empleados como excusa para medicar sin consentimiento, en intervenciones que refuerzan estigmas. En estos casos, el COP no solo calla: legitima por omisión. Porque al no intervenir, al no tomar postura, permite que el daño se perpetúe bajo el amparo de la legalidad y el supuesto rigor científico.

Otro ejemplo es el uso instrumental de la psicología en el ámbito laboral, donde se implementan programas de “bienestar emocional” que enmascaran dinámicas de explotación. En lugar de cuestionar las condiciones estructurales que enferman, se enseña al individuo a adaptarse, a respirar profundo, a gestionar su estrés. Y cuando un profesional se atreve a denunciar esta perversión de su rol, lo que encuentra es el aislamiento institucional, el silencio de sus colegas, y la invisibilidad mediática.

Este tipo de silencio también pesa sobre la dimensión espiritual del ser humano. Cuando una psicóloga decide integrar prácticas contemplativas, hablar de conciencia, o acompañar procesos de sentido, puede ser llamada al orden por “romper con la objetividad”. Pero si otro profesional, desde el marco biomédico, prescribe psicofármacos sin un abordaje integral, eso no genera escándalo ni consecuencias. ¿Dónde está la ética en estos dobles estándares?

Detrás de este silencio se encuentra un principio no escrito, pero profundamente instaurado: lo importante no es el bienestar del paciente, sino la estabilidad del sistema. Todo lo que lo cuestione, lo incomode o lo exponga, debe ser silenciado. La ética, entonces, se transforma en una herramienta de control, no de transformación.

Frente a esta situación, la verdadera ética exige coraje. Coraje para incomodar, para denunciar, para actuar desde la conciencia más que desde la obediencia. Y ese coraje no se enseña en los manuales ni se dicta desde los colegios: nace del compromiso profundo con la vida, con la verdad y con la integridad.

Una psicología sin ética viva es una psicología cómplice. Y en tiempos de manipulación, silencio e injusticia, el primer acto ético es hablar.

La grieta y la posibilidad

A pesar de este panorama, hay una grieta. Una red cada vez más grande de psicólogos, terapeutas y buscadores que están recuperando la raíz profunda de su vocación. Que ya no piden permiso al Colegio, ni esperan su validación. Que están creando espacios libres, éticos, comprometidos con el despertar, no con la obediencia.

Esta crónica no es un lamento. Es una llamada. A dejar de ceder el poder a las instituciones que neutralizan el alma, y a recordar que la psicología nació para sanar, no para domesticar.

El camino no está en destruir el Colegio, sino en dejar de necesitar su bendición para ejercer desde la verdad.


Aintzane Castillo 

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