De kázaros a ashkenazis: los orígenes ocultos de la élite sionista

La identidad ashkenazí evolucionó desde una comunidad judía medieval a actores centrales del poder global. El apoyo financiero y político de familias como los Rothschild, aliado con figuras políticas y diplomáticas destacadas (Ben-Gurión, Kissinger), cohesiona un proyecto de influencia internacional que se ampara en herramientas como la narrativa del Holocausto y una ideología sionista con proyección gubernamental global.

La figura de los ashkenazíes es clave para entender no solo la historia del pueblo judío, sino también las dinámicas actuales del poder político y económico mundial. Sin embargo, su identidad, origen y rol en las élites han sido objeto de debates intensos, controversias históricas y narrativas contrapuestas. Aqii analizo con profundidad quiénes son los ashkenazíes, la polémica sobre si “son judíos o no”, su presencia en la Biblia y, finalmente, cómo llegaron a ocupar un papel predominante en las élites globales.

El judaísmo es una religión y una identidad cultural y étnica vinculada al pueblo hebreo, originario de Canaán, la región histórica donde se desarrollaron las antiguas tribus israelitas. Ser judío tradicionalmente implica una combinación de linaje, práctica religiosa y cultura compartida. Históricamente, los judíos se consideran descendientes de Abraham, Isaac y Jacob, y el judaísmo es la religión que articula la identidad espiritual, moral y comunitaria del pueblo.

Los ashkenazíes son un grupo étnico-religioso dentro del judaísmo, cuyo desarrollo principal se dio en Europa Central y del Este a partir de la Edad Media. Tienen origen europeo (Alemania, Polonia, Rusia, Ucrania, Hungría, Lituania). Hay estudios genéticos que muestran que los ashkenazíes tienen orígenes mixtos: europeos, semitas y caucásicos. Su idioma es el yidis (mezcla de alemán medieval, hebreo y eslavos). Su Cultura religiosa y social es muy distintiva, con influencias germánicas y eslavas. Tradiciones, leyes y prácticas propias, en algunos casos diferentes a los sefardíes (judíos de origen ibérico) y mizrajíes (del Medio Oriente). Pero la identidad cultural y étnica ashkenazí como tal comienza a formarse en la Edad Media, en Europa central, aproximadamente en el siglo X al XIII d.C.

Descienden en buena parte de los jázaros, un pueblo nómada que adoptó el judaísmo en la Edad Media, no de los antiguos israelitas. Esto serviría para desacreditar su identidad judía y, en consecuencia, sus reivindicaciones políticas. Ser judío no es solo una cuestión de religión o práctica, sino de linaje étnico, y la mezcla genética ashkenazí los aleja de ese linaje original. Los verdaderos judíos se ubicam en otros grupos como los sefardíes o mizrajíes.

Los jázaros formaron un imperio (el Kaganato de los Kázaros) entre los siglos VII y X en la región del Cáucaso norte, entre el mar Caspio y el mar Negro. Su capital fue Atil, a orillas del río Volga. Gobernaron una zona estratégica entre Europa y Asia. Eran de origen túrquico (relacionados con los hunos, los búlgaros y otros pueblos nómadas esteparios). Su idioma era una forma de túrquico oriental, aunque más tarde adoptaron lenguas eslavas, hebreo y árabe para fines comerciales y religiosos. Fueron un imperio multicultural que practicó la tolerancia religiosa: había musulmanes, cristianos, paganos y judíos en su corte.

Entre los siglos VIII y IX d.C., según fuentes árabes y hebreas, la élite gobernante de los kázaros se convirtió al judaísmo. Esta conversión fue inusual en la historia mundial, porque fue una decisión política y diplomática. Para no alinearse ni con el cristianismo bizantino ni con el islam del Califato Abasí, el rey kagan eligió una tercera vía: el judaísmo, probablemente para mantener su independencia. Hay varias fuentes que confirman esto. Por un lado, la carta de Hasdai ibn Shaprut, un ministro judío andalusí, al rey José de los  (siglo X),  interesandose en la historia de su conversión. Por otro, Al-Masudi, historiador árabe del siglo X, que menciona la conversión de los kázaros al judaísmo y, también, El Kuzari (siglo XII), de Judá Halevi, una obra filosófica basada en este hecho.

A partir del siglo X, el imperio kazaro fue destruido por invasiones de los rusos de Kiev, los pechenegos y los cumanos. Muchos kázaros huyeron hacia Ucrania, Polonia, Hungría y Europa del Este. Aquí es donde se cree que muchos de estos kázaros convertidos al judaísmo serían los ancestros de los judíos ashkenazíes. De hecho, el historiador judío húngaro Arthur Koestler popularizó esta idea en su libro The Thirteenth Tribe (1976), donde defendía que los ashkenazíes no eran semitas, sino descendientes de los kázaros. Su intención era desmitificar el antisemitismo racial, pero el libro fue polémico. Algunos estudios genéticos recientes (como los de Eran Elhaik) han encontrado componentes genéticos del Cáucaso en algunas poblaciones ashkenazíes.

Es posible que algunos grupos kazaro-judíos huyeran al norte y se integraran en las comunidades judías de Europa del Este. Hay una influencia genética parcial o cultural de los kázaros en los orígenes de los ashkenazíes, especialmente en áreas como Ucrania, Polonia o Rusia. La mayoría de evidencias genéticas y lingüísticas (como el desarrollo del yidis, que deriva del alemán medio alto) sugieren que los ashkenazíes tienen orígenes más complejos, con raíces tanto semíticas como europeas, no exclusivamente túrquico-kázaras.

El término “Ashkenaz” aparece en la Biblia, específicamente en Génesis 10:3, dentro de la Tabla de Naciones. Ashkenaz es nombrado como hijo de Gomer, quien es hijo de Jafet, hijo de Noé. Esta referencia lo coloca en la genealogía de pueblos considerados originarios de regiones del norte y noreste de Europa y Asia Menor. No existe evidencia directa de que los ashkenazíes actuales desciendan literalmente de este personaje bíblico, aunque la tradición judía usó este nombre para denominar a los judíos asentados en Europa Central y Oriental. Es decir, “ashkenazí” es más un marcador geográfico-cultural que una identificación genealógica literal. Por lo tanto, el término en la Biblia se relaciona con un territorio y un grupo humano que posteriormente fue interpretado y adoptado como identidad por una comunidad judía en la diáspora europea.

Durante la Edad Media, los judíos ashkenazíes sufrieron persecuciones, expulsiones y restricciones en Europa. Sin embargo, esas limitaciones también los canalizaron hacia ciertos sectores económicos. Al ser excluidos de muchas profesiones, se especializaron en actividades como el préstamo de dinero y el comercio internacional, áreas fundamentales para el desarrollo económico europeo. También desarrollaron una fuerte cohesión comunitaria y redes que les permitieron preservar su identidad y fomentar la acumulación de capital. Estas dinámicas permitieron a ciertas familias judías, especialmente las de origen ashkenazí, acumular fortunas significativas, como los Rothschild, que llegaron a ser actores influyentes en la banca europea.


A finales del siglo XIX y principios del XX, el movimiento sionista surgió como respuesta al antisemitismo y como proyecto político para establecer un Estado judío. Los ashkenazíes fueron protagonistas centrales. Usaron sus recursos económicos y sus redes internacionales para promover el sionismo y tuvieron un papel destacado en la diplomacia y la política internacional que condujo a la fundación de Israel en 1948.

El sionismo es un movimiento político, fundado en Europa Central y del Este por intelectuales y políticos mayoritariamente ashkenazíes, como Theodor Herzl (húngaro-austríaco), autor de Der Judenstaat (El Estado judío, 1896). Surgió como respuesta al antisemitismo europeo, pero también como una ideología nacionalista moderna, muy distinta de la tradición judía espiritual o mesiánica. Se basaba en una estrategia política y pragmática, promovida por intelectuales ashkenazíes del imperio austrohúngaro.

Este movimiento fue inicialmente rechazado por muchos judíos sefardíes y ultraortodoxos, que lo consideraban una traición a los principios religiosos y espirituales del judaísmo, al proponer un Estado secular y nacionalista. En cambio, los sionistas ashkenazíes promovieron una visión pragmática y política, cuyo objetivo era colonizar Palestina con apoyo de potencias europeas. Edmond de Rothschild, miembro prominente de la rama parisina de la familia Rothschild (ashkenazí), financió directamente muchas de las primeras colonias agrícolas en Palestina —incluyendo Rishon LeZion y Zichron Ya’akov— a partir de los años 1880, como parte de los yishuv. Entre 1899 y 1903 transfirió títulos de propiedad y plantaciones agrarias mediante la Jewish Colonisation Association (más tarde PICA)  .

La mayoría de las familias judías con poder económico y financiero internacional son de origen ashkenazí. Muchos líderes israelíes y del lobby sionista en EE.UU. también son ashkenazíes. Controlan las instituciones clave: bancos centrales, fondos de inversión (BlackRock, Vanguard), medios de comunicación y tecnología. Benjamín Netanyahu es parte de esta élite ashkenazí que domina la política israelí y tiene vínculos con redes financieras y tecnológicas internacionales. Su estilo autoritario y su defensa del sionismo radical reflejan ese control.

Los ashkenazíes sionistas son la cúpula oculta que impulsa una agenda globalista autoritaria. Han manipulado el victimismo histórico del Holocausto para justificar acciones bélicas, financieras y mediáticas. Son responsables del diseño y la implementación de agendas como la Agenda 2030, la biovigilancia, el control de masas y la ingeniería social. Han estado vinculados con movimientos de poder en Europa desde la Edad Media, donde fueron usados por monarcas para controlar economías. Incluso ciertos linajes ashkenazíes han usado sus conexiones para manipular eventos históricos en beneficio propio.

La Declaración Balfour (1917) fue remitida por Arthur Balfour al barón Lionel Walter Rothschild (rama británica ashkenazí), reconociendo el respaldo del Imperio Británico a un “hogar nacional judío” en Palestina. Este documento legalizó políticamente la influencia de los sionistas ashkenazíes. Esto no fue un gesto humanitario, sino una jugada estratégica del Imperio Británico y sus aliados financieros.

Desde su fundación en 1948, Israel ha sido gobernado casi exclusivamente por élites ashkenazíes, (David Ben-Gurión, Golda Meir, Netanyahu…), que han discriminado históricamente a los judíos sefardíes, mizrajíes, etíopes e incluso conversos. El Estado de Israel ha servido como plataforma geopolítica para los intereses de las élites financieras internacionales y como bastión estratégico de influencia en Oriente Medio, especialmente a través de alianzas con Estados Unidos, Reino Unido y las grandes corporaciones.

En el siglo XX y XXI, las élites ashkenazíes han extendido su influencia más allá del ámbito religioso y nacional. Siguen manteniendo posiciones estratégicas en bancos y fondos de inversión globales. Por supuesto, controlan, directa o indirectamente, importantes plataformas mediáticas y empresas tecnológicas. Este poder acumulado les ha permitido influir en agendas geopolíticas y económicas, consolidando su rol en la estructura de poder mundial. 

Su influencia en las élites globales es resultado de siglos de adaptación, acumulación de capital y estrategia política, especialmente a través del sionismo y la construcción del Estado de Israel. Su presencia en el poder global no es un accidente, sino una consecuencia lógica de su desarrollo histórico y su capacidad para tejer redes de influencia. Este conocimiento invita a mirar con más profundidad y discernimiento las dinámicas del poder y las identidades, evitando simplificaciones o desinformaciones interesadas.

Muchas de las familias bancarias más influyentes del mundo tienen origen ashkenazí. Estas familias no operan como bancos tradicionales, sino como redes interconectadas de inversión, fondos privados, fideicomisos y lobbies económicos. Desde el siglo XVIII, la familia Rothschild creó un sistema bancario internacional con sedes en Londres, París, Viena, Nápoles y Frankfurt. Financió guerras, coronas europeas y revoluciones industriales. Incluso la revolución francesa. Otra de las familias importantes son los Warburg, clave en la fundación del sistema de la Reserva Federal de EE.UU. en 1913. Kuhn, Loeb & Co. financió proyectos como el ferrocarril estadounidense y fue esencial en la fusión de JP Morgan. Goldman Sachs y Lehman Brothers también fueron fundados por familias judías ashkenazíes con conexiones profundas en la banca y los mercados financieros globales.


Estas familias y redes de inversión no operan visiblemente en las estructuras estatales, sino que influyen directamente en bancos centrales (como la Fed, el BCE o el FMI) a través de la participación en think tanks como el Council on Foreign Relations (CFR), Trilateral Commission, y el Club Bilderberg. Poseen el control y la influencia sobre grandes fondos de inversión como BlackRock, Vanguard o State Street, cuyas juntas están llenas de directivos con apellidos ashkenazíes para garantizar su presencia en la toma de decisiones financieras globales.

David Ben-Gurión, primer ministro de Israel, predijo en 1962 (en Look Magazine) la creación de un “gobierno mundial con sede en Jerusalén”. Su visión refleja el papel central que Israel y su élite podrían jugar en la futura gobernanza global. 

“In Jerusalem... the United Nations… will build a shrine of the prophets… the seat of the supreme court of mankind”.

Jacques Attali, economista, judío ashkenazí y ex asesor de Mitterrand, ha escrito sobre la necesidad de un “nuevo orden mundial” con el control del flujo financiero global. Además, ha manifestado en diversas entrevistas que Jerusalén podría convertirse en la capital de un gobierno mundial, lo que refuerza la narrativa de integración del sionismo en agendas globalistas.

Henry Kissinger, nacido en una familia ashkenazí alemana que emigró huyendo del nazismo, es otro personaje que ha participado en toda la ingeniería geopolítica moderna, desde guerras hasta tratados económicos, siempre defendiendo un modelo de orden basado en la centralización y la diplomacia de élite. Fue un actor decisivo en la política exterior de EE.UU. (Vietnam, China, Chile). Su estilo pragmático (“realismo”) y su filosofía de centralización también reflejan el poder estratégico de los elitismos judíos ashkenazíes  .

En el Congreso Sionista de Basilea de 1897 se trazaron las bases de un proyecto político global para el pueblo judío. Documentos del FMI, Banco Mundial y ONU muestran que muchos directivos e ideólogos detrás de políticas globales han sido judíos ashkenazíes con conexiones al sionismo político.

El Holocausto es un hecho histórico real. Sin embargo, la élite ashkenazí ha sido acusada de usar este trauma para construir un discurso de victimismo permanente, que les permite justificar cualquier acción política o militar, y evitar críticas legítimas. Esto ha contribuido a la imposición de leyes y narrativas que censuran cualquier cuestionamiento sobre el sionismo.

La narrativa del genocidio judío se ha institucionalizado como dogma histórico y moral, donde cualquier cuestionamiento puede llevar a consecuencias legales (como en Alemania, Francia, Austria, etc.). Se ha convertido en un instrumento de inmunidad política para Israel y las élites sionistas porque justifica moralmente la creación del Estado de Israel, se utiliza para silenciar críticas con el calificativo de “antisemitismo” y sirve como carta permanente de victimismo, incluso décadas después de los hechos. Ha sido monopolizado narrativamente por los ashkenazíes, mientras se invisibilizan otros genocidios, como el armenio, el de cristianos o el de los palestinos. Además, la industria de la memoria del Holocausto genera millones en museos, libros, películas y fundaciones. Hay historiadores revisionistas que han sido encarcelados, exiliados o censurados, como David Irving o Robert Faurisson, por cuestionar cifras, métodos o interpretaciones. 

Obviamente Israel ha usado el Holocausto como argumento para justificar intervenciones militares, espionaje internacional (Mossad) y políticas de apartheid en Palestina. La “amenaza de un nuevo Holocausto” se ha empleado incluso para presionar a gobiernos europeos y americanos a aceptar su agenda internacional. 

Los judíos ashkenazíes han desempeñado un papel desproporcionadamente influyente en el siglo XX y XXI en los ámbitos financiero, político y mediático. Su protagonismo en la creación del Estado de Israel y en las estructuras del poder global no puede negarse. Este artículo no pretende demonizar a ningún colectivo, sino poner luz sobre dinámicas históricas, económicas y políticas reales, frecuentemente ocultas o censuradas por intereses institucionales y mediáticos.

La comprensión de estos fenómenos es esencial para cuestionar las narrativas oficiales, entender la arquitectura del poder global y, si se desea, comenzar un proceso de desobediencia o resistencia consciente.

Aintzane Castillo 

Fuentes y lecturas recomendadas:

1. Koestler, Arthur – The Thirteenth Tribe, 1976.
2. Judá Halevi – El Kuzari (siglo XII).
3. Carta de Hasdai ibn Shaprut al rey José (siglo X).
4. Behar et al. (2003-2010) – Genome-wide Structure of Jewish Populations.
5. Hammer et al. – Origins of Ashkenazi Jews.
6. Eran Elhaik (2012) – The Missing Link of Jewish European Ancestry: Contrasting the Rhineland and the Khazarian Hypotheses.
7. Kevin Alan Brook – The Jews of Khazaria, 2006.
8. Al-Masudi – Muruj adh-dhahab (siglo X).


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